viernes, 1 de julio de 2016

Educando en límites



 
Educar a los hijos en límites implica una aventura y un aprendizaje continuo, es una línea muy delgada donde el se mide la eficacia y eficiencia del estilo de autoridad de cada padre.

Las palabras claves del límite  son firmeza y cercanía, y la firmeza tiene que ver con la seguridad interna, con autoestima. Mucha veces los padres  confunden esta seguridad con estar enojados y la única forma de poner límites es enojándose. Poner límites no hace referencia a actuar de manera violenta o agresiva, tampoco significa minimizar al otro. Limitar es dar vida, si lo hacemos adecuadamente. El gran peligro reside en ver en el límite sólo su aspecto negativo-empobrecedor: lo que nos quita y nos prohíbe.


EL LIMITE ES EL VALOR IDENTIFICADOR DE CADA PERSONA,
ES SU NOMBRE”

Algo está bien definido cuando sabemos lo que es y lo que no es. Una persona tiene una identidad definida cuando sabe quién es y quién no es, cuando sabe lo que piensa, siente y quiere. Pero al mismo tiempo, sabiendo esto sabe lo que no piensa, lo que no siente y lo que no quiere, lo que no puede y lo que no debe. Sabe quién es, qué lo diferencia de los otros, y no se confunde con ello. Esto le da conciencia de su identidad. Esto le da unidad y le permite reconocerse y moverse adecuadamente en su ámbito.
Para ver con mayor claridad por qué los límites le dan identidad a la persona, nos detendremos a analizar sus dos funciones, a las que llamaremos negativa y positiva. La negativa es aquélla por la cual el límite nos recorta algo, como si nos quitara o nos empobreciera, privándonos de lo que es nuestro. Podemos decir, en referencia a esta función, que el límite restringe el deseo, distinguiendo la realidad de la fantasía. Por su parte, la función positiva es la que constituye, la que dice lo que se es, la que establece quiénes somos ante los otros.
Ambas funciones del límite, actuando simultáneamente, nos dan la identidad, nos definen como personas y nos ubican en la realidad., porque nos permiten saber quiénes somos y quiénes no.

APLICAR LÍMITES A UN NIÑO ES AYUDARLO A CRECER.
Muchas veces se cree que los mismos deben ir acompañados de gritos, penitencias, castigos o insultos; y otras tantas se considera que al aplicar un límite a un niño se lo está reprimiendo en su deseo.
¡Qué difícil es para los padres darse cuenta en qué momento poner un límite a sus hijos! Algunos Ejemplos
• De 3 a 6 años: Comprender lo que significan sus caprichos y rabietas. Esto significa que no siempre hay que gritarle o pegarle, sino comprender lo que significa esta conducta que manifiesta.
• De 6 a 9 años: Enseñarle a organizar sus tiempos de estudio, diferentes a los de juegos. La función del límite es que no deje el estudio por el juego ni tampoco dejar de jugar por el estudio. 
A partir de los 6 o 7 años, los niños se sienten capaces de intentarlo todo. Nada para ellos resulta imposible, los límites por lo general no son bien recibidos, los chicos cuestionan a sus padres y exigen una explicación coherente, no quieren aceptar sus propias limitaciones y disfrutan, muchas veces de la transgresión.
• De 9 a 12 años: Poner límites a la rebeldía y a las salidas demasiado frecuentes.
Es importante entender al niño, dialogar con él, permitirle explorar y crecer en libertad. Ayudar al niño a poner en palabras lo que siente, darle un espacio para que se exprese. Acompañarlo en su crecimiento.

EL LÍMITE CORRECTAMENTE APLICADO PRODUCE SUCESIVAMENTE:
• Autonomía (comienzan a valerse por sí mismos)
• Libertad (se les puede dar mayor libertad si se comportan adecuadamente)
• Auto-disciplina (pueden desarrollar actividades sin necesidad de presiones externas, esto es fabuloso, es un regalo para toda la vida)
• Auto-control (les permite medirse, y no caer en excesos)
• Rigor interno (les permite levantarse y seguir adelante)

SABER PREVENIR 
El ejemplo que se les brinde dentro de la familia será decisivo para la construcción de sí mismos.
- Si se los escucha en sus necesidades, podrán estar atentos a las necesidades de los demás.
- Si se los trata con hostilidad, la misma actuará como un “boomerang”, en detrimento de las relaciones familiares, sociales y de su propia persona.
 



Elaborado por:
Psic. Reh. Vanessa Huayamave