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31 jul. 2018

¿Por qué es importante desarrollar habilidades sociales en los niños?

Las habilidades sociales son herramientas de comunicación que usamos para relacionarnos con las demás personas de forma eficaz y saludable. Los primeros años de vida de los niños son fundamentales para desarrollar habilidades sociales; durante este proceso es muy importante que las personas que se relacionan directamente con la niña o el niño, reproduzcan conductas sociales aceptables, ya que los niños las imitarán e incorporarán en su actuar diario. Esta capacidad de relacionarse con las personas es fundamental para ser feliz. 

Mostrar buenos modales, relacionarse efectivamente con las personas, ser respetuoso con los sentimientos de los otros y manifestar necesidades personales son elementos importantes de las habilidades sociales sólidas. Es importante ayudar a los niños a desarrollar estas habilidades las cuales deben fomentarse desde que nacen. Entre las habilidades sociales básicas tenemos:
  • Sonreír a los demás. 
  • Saludar y presentarse. 
  • Una habilidad social que servirá para establecer otras nuevas. 
  • Colaborar haciendo favores sin esperar una recompensa a cambio. 
  • Mostrar amabilidad con las personas del entorno. 
Cuando se cuenta con estas aptitudes sociales, los niños tienen mucha más facilidad para hacer amigos, establecer relaciones cordiales con sus compañeros de clase, sus profesores y los miembros de su familia. Además, las habilidades sociales para niños les ayudan a mejorar su capacidad de concentración, ya que tienen mayor autoestima y confianza en sí mismos, lo cual les será útil a la hora de aprender. Es por eso que hacer que los más pequeños las desarrollen, debería ser uno de los objetivos básicos de la enseñanza.

Miss Iliana Vásquez

27 jun. 2018

Los niños de hoy: el tiempo y la socialización



La velocidad que marca nuestro diario vivir resulta una realidad en la que los adultos nos encontramos inmersos y ante la cual, por las diversas exigencias culturales, no podemos escapar. Nos acostumbramos a que todo suceso diario debe ser gestionado en la menor cantidad de tiempo puesto que, el mismo tiempo no alcanza. ¡Cuántos de nosotros hemos repetido la frase de no tener tiempo! Realidad palpable en los contextos escolares, en la socialización familiar y hasta en la práctica clínica. Para algunos niños, que al parecer no son pocos, sus padres o los adultos que los acompañan en el crecimiento dentro del hogar pueden convertirse en personajes que aparecen por breves lapsos de tiempo durante las noches o surgen fugazmente luego de colocarse offline en sus aparatos electrónicos. Aunque nos resulten incómodas estas verdades se constituyen en estructurantes de nuestra sociedad hiperconectada

¿No les resulta paradójico pensar que en la época donde los medios electrónicos nos mantienen online las 24 horas se constituye en la misma época donde los graves problemas de comunicación y del lenguaje en la subjetividad infantil se encuentran en un número estadístico elevado? Solo para revisar ciertos datos, en Estados Unidos de América se ha establecido que los casos de autismo se elevaron en los últimos años con un registro de 1 de cada 59 niños de 8 a 11 años de edad según el Informe Semanal de Morbilidad y Mortalidad (MMWR) de los CDC (Centros para el control y la prevención de enfermedades)[1] en el año 2014. 

Observando a nuestras sociedades hoy, parece que no hay mucho espacio para los vínculos humanos y, aunque parezca lo contrario, mientras más hiperconectados por las nuevas tecnologías, más solos. La humanización se produce por la presencia de los otros en nuestras vidas: el deseo de nuestros padres que se concreta en los tiempos compartidos en cada etapa del crecimiento de sus hijos como las visitas al parque, las salidas a una cena, las películas juntos, las emociones varias por las primeras palabras que articula el niño, los primeros pasos al intentar caminar junto a los sustos por las caídas. Resolver la demanda infantil, que siempre es demanda de amor hacia sus padres, con un aparto electrónico para que se “distraiga” o “no moleste” lo único que agrava es la frágil entrada del niño y la niña a la cultura. Los exploradores infantiles se abrirán al descubrimiento del mundo a través de una transmisión sostenida en el deseo de sus padres, un deseo que se construye con el lugar que ocupa ese hijo en la vida de esa familia: el nombre que le hemos colocado, los sueños que se vierten sobre él o ella, las historias que se narran incluso antes de nacer. Por estas razones, al ser sujetos de la palabra, el lenguaje de nuestros padres nos antecede y pueden llevarnos a la vida pero también a los rincones más mortíferos de la complejidad humana. 

Todo acto de amor es una responsabilidad porque en el amar existe una implicación decisiva de ceder algo de uno mismo. Para quienes deseen ingresar al mundo de la paternidad y maternidad será necesario cuestionarse si se está dispuestos a tomar el acto de amar con la responsabilidad que implica hacer surgir a un sujeto humanizado, niño o niña, lugar y función que nunca podrán ser sustituidos por un aparato electrónico. Para quienes ya son padres valdría la valentía revisar en nuestros actos si la presencia de cada uno posibilita que nuestros niños y niñas puedan vincularse a la vida, hecho que se constata en lo que cada hijo e hija puedan decir de las experiencias significativas que comparten con sus padres. En el mundo de hoy, conectarse a los vínculos humanos resulta un acto de amor.

Por: Psic. Clín. Alvaro Rendón Chasi



[1] Puede revisar la información en: https://www.cdc.gov/spanish/mediosdecomunicacion/comunicados/p_prevalencia-autismo_042618.html

24 may. 2018

¿Qué tan importante es educar en emociones a nuestros niños?



La Inteligencia Emocional ha sido definida por Daniel Goleman como “la capacidad de reconocer nuestros propios sentimientos, así como los ajenos, de motivarnos y de saber manejar las emociones”.

En las últimas décadas la importancia de educar emocionalmente a nuestros niños desde edades tempranas ha tomado un protagonismo significativo, el considerar que el aprendizaje no solo debe ser desde lo cognitivo sino también desde lo emocional, haciendo énfasis en seguir revisando la forma de ver la educación; y resaltando de manera trillada que esta siempre iniciará desde la primera institución social de desarrollo (la familia) quienes construyen y forman los valores morales, humanos; espirituales, así como la construcción del “ser emocional” desde la primera infancia, así como las primeras enseñanzas para resolver conflictos cotidianos, hábitos, etc. En el caso de la educación emocional esta comienza desde el nexo y vínculo materno:  el recién nacido con su madre; la primera canción de cuna, acurrucarlo en el pecho, tomarlo en brazos, calmarlo ante el llanto, es el primer paso para construir la seguridad y comunicación afectiva; así como empezar a edificar las primeras emociones en el niño que repercutirán según su desarrollo (primera infancia, adolescencia, juventud, adultez, vejez, etc.); que en conjunto con el padre; se convierten en  los protagonistas que irán brindando dicho sostenimiento, fortalecimiento y formación emocional saludable.

Esto implica que si la familia es la base fundamental y quienes siembran la semilla de unos nexos, lazos y construcción de las emociones desde su aparición  y cómo lidiarlas; el papel de la segunda institución social de desarrollo como la escuela es y será de solidificarlas, vivir su cosecha y frutos; es decir, fortalecerlas desde un nuevo contexto social, con nuevos vínculos, situaciones, escenarios sociales, el convivir con diversas personalidades (en este caso pares y maestros) aprender a resolver conflictos cotidianos de manera autónoma.

Actualmente la sociedad en general; tanto la familia, como la escuela, colegios, universidades, etc. Contamos en nuestros entornos y micro-sociedades, niños intolerantes, insatisfechos, infelices, apáticos, antipáticos, que constantemente expresan su insatisfacción, infelicidad y constantes frustraciones; con mayores demandas y deseos de sentir efectos inmediatos de “felicidad placentera”; así como adultos estresados y frustrados por no saber qué mas hacer para lograr cubrir con todas las necesidades y demandas de nuestros chicos.

Si iniciamos que la inteligencia emocional radica en reconocer y saber manejar las emociones, es necesario resaltar que el ser humano por naturaleza propia cuenta con cinco emociones básicas: la felicidad, la tristeza, la ira, el asco y el miedo; es decir, placenteras como dis-placenteras.
Sin embargo la idea errada y equivocada que el bienestar emocional y felicidad es excluir las emociones hostiles y mantener las placenteras como sinónimos de bienestar, hace hoy en día que nuestras generaciones actuales y futuras crezcan pensando en vivir en un medio cuya finalidad sea solo la satisfacción inmediata.

Los cambios sociales, la diversidad de las familias en estructura, dinámica y roles, la tecnología, cambios culturales, la moda, etc.,  también van sumando y abonando en este fenómeno del “Síndrome de la inmediatez”; chicos que desean ser complacidos constantemente en todas sus necesidades y ante cualquier conflicto sea grande o pequeño; tienden a frustrarse y abatirse constantemente, sin saber como actuar, reaccionar y sobrellevar las situaciones del día a día de su vida.

Nos han enseñado que hay emociones malas, como el miedo y el enojo, pero la realidad es que las emociones no son malas, sólo están mal llevadas. El enojo, por ejemplo, te sirve para poner un alto a una situación que no te agrada. Un niño (y los adultos también) debemos aprender a manejar ese enojo para conseguir lo que deseamos sin dañar a la otra parte.
Esto implica que nuestros chicos, crecen y edifican su inteligencia emocional de manera distorsionada e inmadura, tanto las emociones placenteras como hostiles existen y se dan por una sencilla razón “aprendizaje y madurez”; cuyo resultado es favorecer a la resolución de conflictos cotidianos; tener una actitud previsora de conflictos, ser autónomos, tolerantes consigo mismo y los demás, manejar y dominar sus emociones, ser resilientes ante la vida, pero sobre todo convivir en bienestar.

¿Qué podemos hacer para ayudar a fortalecer y seguir mejorando la inteligencia emocional de nuestros niños?
Los adultos responsables de la educación de los niños, sean padres o educadores deben tomar algunas acciones, siendo la más básica el reconocer cuando hemos estado empleando un concepto distorsionado de control emocional y bienestar.

A continuación comparto algunos tips y recomendaciones para ayudar a nuestros chicos:

1.- Saber identificar las emociones que sentimosLos padres son modelos de comportamiento para sus hijos, por ello el primer paso es la conciencia emocional de los padres, es decir, ser conscientes de  las propias emociones, de sus causas y de sus posibles consecuencias
2.- Comprender las emociones que sentimos. Cuando se comprende y se identifica la emoción se puede ser dueño de ella, se deja de reaccionar y se comienza a accionar.
3.-  Trabajar con ellos la causa de esa emoción, que verbalicen qué es lo que les ha causado que se sienten de esa manera. Hay que destacar que todas las emociones son legítimas y debemos aceptarlas, en lo que sí debemos incidir es el comportamiento que se deriva de ella. En este sentido, la impulsividad puede representar un peligro. Como ejemplo, podemos enseñar a nuestro hijo que estar enfadado es legítimo, pero no pegar a su amigo porqué le ha quitado el juguete de las manos
4.- Trabajar en la empatía, un aspecto fundamental en la gestión emocional, Esta capacidad para reconocer, comprender y conectar con las emociones ajenas permite comprender no solamente el punto de vista de los demás, sino la emoción desde la cual viven un suceso.

Sigamos trabajando en construir cada día una referencia saludable emocional para nuestros chicos, como padres y educadores debemos continuar en una labor loable y positiva para ellos de educación.

Es tarea de todos, es tarea conjunta.

Elaborado por:


Psic. Reh. Vanessa Huayamave