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24 may. 2018

¿Qué tan importante es educar en emociones a nuestros niños?



La Inteligencia Emocional ha sido definida por Daniel Goleman como “la capacidad de reconocer nuestros propios sentimientos, así como los ajenos, de motivarnos y de saber manejar las emociones”.

En las últimas décadas la importancia de educar emocionalmente a nuestros niños desde edades tempranas ha tomado un protagonismo significativo, el considerar que el aprendizaje no solo debe ser desde lo cognitivo sino también desde lo emocional, haciendo énfasis en seguir revisando la forma de ver la educación; y resaltando de manera trillada que esta siempre iniciará desde la primera institución social de desarrollo (la familia) quienes construyen y forman los valores morales, humanos; espirituales, así como la construcción del “ser emocional” desde la primera infancia, así como las primeras enseñanzas para resolver conflictos cotidianos, hábitos, etc. En el caso de la educación emocional esta comienza desde el nexo y vínculo materno:  el recién nacido con su madre; la primera canción de cuna, acurrucarlo en el pecho, tomarlo en brazos, calmarlo ante el llanto, es el primer paso para construir la seguridad y comunicación afectiva; así como empezar a edificar las primeras emociones en el niño que repercutirán según su desarrollo (primera infancia, adolescencia, juventud, adultez, vejez, etc.); que en conjunto con el padre; se convierten en  los protagonistas que irán brindando dicho sostenimiento, fortalecimiento y formación emocional saludable.

Esto implica que si la familia es la base fundamental y quienes siembran la semilla de unos nexos, lazos y construcción de las emociones desde su aparición  y cómo lidiarlas; el papel de la segunda institución social de desarrollo como la escuela es y será de solidificarlas, vivir su cosecha y frutos; es decir, fortalecerlas desde un nuevo contexto social, con nuevos vínculos, situaciones, escenarios sociales, el convivir con diversas personalidades (en este caso pares y maestros) aprender a resolver conflictos cotidianos de manera autónoma.

Actualmente la sociedad en general; tanto la familia, como la escuela, colegios, universidades, etc. Contamos en nuestros entornos y micro-sociedades, niños intolerantes, insatisfechos, infelices, apáticos, antipáticos, que constantemente expresan su insatisfacción, infelicidad y constantes frustraciones; con mayores demandas y deseos de sentir efectos inmediatos de “felicidad placentera”; así como adultos estresados y frustrados por no saber qué mas hacer para lograr cubrir con todas las necesidades y demandas de nuestros chicos.

Si iniciamos que la inteligencia emocional radica en reconocer y saber manejar las emociones, es necesario resaltar que el ser humano por naturaleza propia cuenta con cinco emociones básicas: la felicidad, la tristeza, la ira, el asco y el miedo; es decir, placenteras como dis-placenteras.
Sin embargo la idea errada y equivocada que el bienestar emocional y felicidad es excluir las emociones hostiles y mantener las placenteras como sinónimos de bienestar, hace hoy en día que nuestras generaciones actuales y futuras crezcan pensando en vivir en un medio cuya finalidad sea solo la satisfacción inmediata.

Los cambios sociales, la diversidad de las familias en estructura, dinámica y roles, la tecnología, cambios culturales, la moda, etc.,  también van sumando y abonando en este fenómeno del “Síndrome de la inmediatez”; chicos que desean ser complacidos constantemente en todas sus necesidades y ante cualquier conflicto sea grande o pequeño; tienden a frustrarse y abatirse constantemente, sin saber como actuar, reaccionar y sobrellevar las situaciones del día a día de su vida.

Nos han enseñado que hay emociones malas, como el miedo y el enojo, pero la realidad es que las emociones no son malas, sólo están mal llevadas. El enojo, por ejemplo, te sirve para poner un alto a una situación que no te agrada. Un niño (y los adultos también) debemos aprender a manejar ese enojo para conseguir lo que deseamos sin dañar a la otra parte.
Esto implica que nuestros chicos, crecen y edifican su inteligencia emocional de manera distorsionada e inmadura, tanto las emociones placenteras como hostiles existen y se dan por una sencilla razón “aprendizaje y madurez”; cuyo resultado es favorecer a la resolución de conflictos cotidianos; tener una actitud previsora de conflictos, ser autónomos, tolerantes consigo mismo y los demás, manejar y dominar sus emociones, ser resilientes ante la vida, pero sobre todo convivir en bienestar.

¿Qué podemos hacer para ayudar a fortalecer y seguir mejorando la inteligencia emocional de nuestros niños?
Los adultos responsables de la educación de los niños, sean padres o educadores deben tomar algunas acciones, siendo la más básica el reconocer cuando hemos estado empleando un concepto distorsionado de control emocional y bienestar.

A continuación comparto algunos tips y recomendaciones para ayudar a nuestros chicos:

1.- Saber identificar las emociones que sentimosLos padres son modelos de comportamiento para sus hijos, por ello el primer paso es la conciencia emocional de los padres, es decir, ser conscientes de  las propias emociones, de sus causas y de sus posibles consecuencias
2.- Comprender las emociones que sentimos. Cuando se comprende y se identifica la emoción se puede ser dueño de ella, se deja de reaccionar y se comienza a accionar.
3.-  Trabajar con ellos la causa de esa emoción, que verbalicen qué es lo que les ha causado que se sienten de esa manera. Hay que destacar que todas las emociones son legítimas y debemos aceptarlas, en lo que sí debemos incidir es el comportamiento que se deriva de ella. En este sentido, la impulsividad puede representar un peligro. Como ejemplo, podemos enseñar a nuestro hijo que estar enfadado es legítimo, pero no pegar a su amigo porqué le ha quitado el juguete de las manos
4.- Trabajar en la empatía, un aspecto fundamental en la gestión emocional, Esta capacidad para reconocer, comprender y conectar con las emociones ajenas permite comprender no solamente el punto de vista de los demás, sino la emoción desde la cual viven un suceso.

Sigamos trabajando en construir cada día una referencia saludable emocional para nuestros chicos, como padres y educadores debemos continuar en una labor loable y positiva para ellos de educación.

Es tarea de todos, es tarea conjunta.

Elaborado por:


Psic. Reh. Vanessa Huayamave

13 dic. 2017

¿Por qué los niños deben dormir en su cama?


Los primeros siete meses o incluso hasta cumplir un año, es conveniente que el niño(a) comparta la habitación con los padres, por  la necesidad de cercanía y supervisión, pero desde el primer día es aconsejable que tenga su espacio, que puede ser una cuna cerca de mamá, pero no en la cama de los padres.

El sueño, como todos los demás hábitos, se aprende, por eso es importante que los padres ayuden a sus pequeños a entender lo importante que es desarrollar su individualidad, independencia y autonomía desde temprana edad. Si esto no se da, pueden surgir problemas para dormir, nadie puede descansar bien, además de ansiedad por la separación cuando ya los padres consideran que su hijo(a) debe dormir en su cama. 

Ambientar al niño(a) en su lugar, en su espacio, con sus cosas y en su cama es un trabajo difícil,  especialmente si antes se ha permitido que duerma con sus padres. El niño(a) se traslada constantemente durante la noche a la cama de los padres; especialmente si ambos trabajan, será difícil llevarlo(a) nuevamente a su cuarto dos o tres veces a lo largo de la noche.
Definir este límite resulta difícil y cansado ya que requiere de un trabajo constante por parte de la pareja. A pesar de lo agotador, la separación nocturna es sumamente importante para el desarrollo sano del niño, debido a que lo ubica en su posición dentro del sistema familiar y lo ayuda en el proceso de estructuración de su “yo” o de su individualidad. 

Motivos a considerar para no permitir que el niño(a) duerma en la cama de los padres:
*Darle su lugar. Dormir en su propio espacio evitará que el niño se confunda en términos de jerarquía, es decir, será más fácil entender e interiorizar quién tiene el poder en la familia y por tanto, a quién debe obedecer.

*Preservar la intimidad. La vida en pareja se ve perjudicada con la entrada de un tercero (niño/a) en la habitación por las noches. El que haya alguien más limita mucho la intimidad de la pareja.  Esto contribuye a que al niño no le llegue un mensaje claro sobre la pareja, por esta razón ellos no deben estar incluidos en los momentos de los adultos, sobre todo en los momentos nocturnos.

*Respeto. Si él duerme en la misma cama de los padres, ve la misma televisión, entonces tiene el mismo poder, por eso le cuesta más situarse en su posición de niño. Cuando esto ocurre se observa que los niños generalmente presentan dificultades para seguir instrucciones, obedecer a los adultos y negociar con sus iguales a nivel social.

*Modelos Claros. Los niños no logran tener una idea clara de la diferencia entre una pareja de padres y una pareja de esposos, lo que puede afectar el modelo que ellos adoptan y que probablemente ejercerán en su vida adolescente y adulta.