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17 dic. 2019

¿Qué herencia, los padres, están dejando hoy a nuestros niños y niñas?



El trabajo del psiquiatra René Spitz es conocido por los hallazgos que obtiene en lo que denomina “hospitalismo” en donde un niño/a recién nacido muestra signos de deterioros psicosociales cuando no cuenta con el vínculo materno fundamental durante los primeros meses de vida. Sus investigaciones se extendieron en orfanatos donde constata que los daños a nivel emocional son irreparables cuando las condiciones sociales que giran alrededor del niño no favorecen a tal desarrollo, principalmente cuando no cuenta con cuidadores que sostengan el afecto y el vínculo emocional con los niños. Otros teóricos como John Bowlby en su obra Maternal care and mental health resalta los efectos de lo que se denomina “deprivación materna” en los procesos de estructuración psíquica. Bruno Bettelheim, llegó a trabajar también sobre la importancia del vínculo materno con sus hijos pero llegó a tal extremo de afirmar que las “madres neveras” son causantes del autismo. Frente a la exposición de estos teóricos es necesario rescatar la premisa de la importancia fundamental que tienen los padres/cuidadores en la estructuración anímica y psicológica de sus hijos/as tanto y cuanto sean capaces de sostener un “deseo que no sea anónimo”. 

El psicoanalista francés Jacques Lacan, en su estudio a estos autores y en las propuestas teórica que elaboran, resalta que no solo es la madre la responsable del sostén emocional del niño/a que se encuentra en proceso de humanización sino también del padre. Debe entenderse a la humanización como un proceso estructurante en el cual el niño/a pasa a tomar la palabra para vincularse con otras personas y, a través de su singularidad, construir lazos que favorezcan la convivencia con otros. La escolarización, es decir, la inserción de un niño a una institución donde se formalizan los procesos de aprendizaje (escuelas) es el lugar donde se va a dar cuenta si, la estructuración anímica de un infante, se ha posibilitado. 

Es decir, la escuela es heredera de lo que en la vida familiar se pudo construir y, a partir de esta “materia prima”, poder posibilitar otros procesos que permitan al niño o niña acceder a la cultura con el respeto a la vida y, con ello, a los otros con quienes convive. Frente a los síntomas en la infancia o a las dificultades en la estructuración subjetiva la pregunta deberá dirigirse hacia qué condiciones posibilitaron que estas situaciones se manifiesten. 

Es necesario mencionar, solo para tener un panorama general de lo que hoy acontece, qué efectos pueden producirse en la vida de un niño cuando sus vínculos en casa son principalmente una pantalla digital. Invito a los lectores a percatarse en un restaurante de qué forma los padres “tranquilizan” hoy a los niños sino es con un celular: palabras y vínculos quedan excluidos. René Spitz evidenció que, a pesar de que los niños hospitalizados tengan cubiertas las condiciones básicas para la vida (agua, comida, calor), ésta no se consolida si no existen vínculos emocionales. 

Hoy deberá revisarse estas circunstancias: no es la cantidad de objetos materiales sino el afecto parental que sostiene y humaniza. No se puede dudar de que la familia (papá, mamá, abuelos, cuidadores) sostienen la vida de un niño o niña que ha nacido. La vida emocional permite principalmente que, en la escuela, pueda un niño ingresar a la aventura de aprender pues, la invitación ha sido dada desde la transmisión de ese deseo que los padres son capaces de dejar como herencia humana a sus hijos. El deseo posibilita a la misma vida: un niño que de grande quiere ser ingeniero como su padre por eso disfruta de las sumas y restas. Me pregunto: ¿qué herencia estamos dejando hoy a nuestros niños y niñas?

Elaborado por:
Psc. Cl. Álvaro Rendón

2 dic. 2019

La violencia de los videojuegos y su adicción




Uno de los generadores de violencia, son los videojuegos, que desde la década de los ochenta, se han transformado, en un fenómeno mundial que mueve masas.  A través de los años, los videojuegos han ido evolucionando tanto en su calidad virtual, como en su objetivo de diversión. 
Son pocos los niños y niñas que desconocen a Mario Bros, a Sonic o a otros personajes de videojuegos básicos que se relacionan al competir en base a la perseverancia, sin embargo, la gran demanda de “gamers” en edades pre adolescentes, empuja a las grandes empresas de videojuegos a crear escenarios virtuales llamativos con connotaciones de violencia. Actualmente, se han convertido en uno de los juguetes más vendidos, tanto en niños, jóvenes y adultos, creando adicciones y forjando conductas agresivas, con mucha facilidad, normalizándolos al llamarlos “Juegos”.

No se trata de estigmatizar todos los videojuegos. Sino de hablar de un tipo de videojuegos que están en auge entre los niños, jóvenes y adultos; en donde se resalta la violencia como una forma de entretenimiento y diversión.
En su gran mayoría los videojuegos actuales con más demanda, son aquellos que tienden a fomentar valores contrarios a los que promovemos en la educación, la violencia como alternativa en la resolución de conflictos, la competitividad y el triunfo como metas incuestionables o el poder frente a los débiles o diferentes.

Los valores se interiorizan a través de la relación con la realidad y las personas que nos rodean, siendo que, los videojuegos forman parte de los instrumentos por el cual, el niño comprende el medio cultural al que pertenece. Representando simbolismos sociales y construcciones culturales de nuestro entorno.

Lo peligroso de este modelo de interacción virtual es la prioridad de la victoria sobre la justicia, de la violencia sobre el diálogo o la comprensión. El juego emocionante y que llama la atención,  es aquel que involucra intensamente a sus participantes, donde  hay un ganador y  los demás se conviertan en perdedores. En esta visión de la realidad, el otro diferente a mí, es siempre un rival, un enemigo que debe ser eliminado, en donde la única opción es matar o morir, ganar o perder.

Esta concepción de los videojuegos supone una visión unidimensional de la vida. No hay posibilidad de empatía, de comprender y acercarse al otro. .Se debe actuar, sin piedad ni compasión. La destrucción, la lucha o el combate son los elementos centrales y la finalidad esencial que motivan la acción a través de todo el videojuego.

En este universo virtual no es de extrañar que los comportamientos más inhumanos como la tortura o la guerra, pasen a convertirse en una aventura, en una oportunidad de diversión y entretenimiento.

En los videojuegos, la persona asume el rol de protagonista al punto de identificarse con el personaje, actuar por él, involucrándose en las decisiones que se toman. A demás que los juegos son cada vez son más potentes y permiten una mejor calidad de imagen, añadiendo más realismo a la acción,  por lo cual es muy importante estar alertas, en cuanto al peligro de cómo los videojuegos pueden influenciar en el proceso identificatorio de la fantasía con la realidad.

Los videojuegos, como todo en exceso son malos y pueden generar adicciones. Mucho más cuando se trata de juegos online, aquí el internet juega un papel importante, pues estos nunca llegan a interrumpirse y los jóvenes pueden perder la noción del tiempo y quedarse todo el día jugando,  reduciendo sus relaciones sociales, convirtiéndolas únicamente de manera virtual, lo alejan de sus familiares, amigos; y sus intereses y prioridades pasan a ser otros.  Por lo que es importante poner límites de tiempo y tener control en el uso de los videojuegos.

Generalmente al hablar de adicción pensamos en drogas o alcohol, pero también existe la adicción a los videojuegos y son igual de peligrosos que cualquier adicción.  Cabe recalcar que como toda adicción esta arraigado aspectos personales, tales como problemas emocionales, sentimientos de soledad, estrés, conflictos sin resolver, etc.; y al no tener recursos suficientes de cómo enfrentarlos, se refugian en objetos que llaman su atención convirtiendo así en adicciones, como una manera de escapar del mundo real.

Elaborado por:
Psi. Cl. Nicole Mejía M. y Psi. Cl. Karina Peña A.